Sobre el arrepentimiento y la oración

 

Cuando alguien nos consuela, pareciera que por un momento nos sentimos mejor. Sin embargo, cuando es Dios quien nos consuela, por medio del ejemplo de otros que, habiendo pecado, alcanzaron la salvación con su arrpentimiento, entendemos Su bondad y dejamos de dudar de nuestra salvación, porque el consuelo recibido es interior y verdadero.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Los pastores llevan con frecuencia sus ovejas a los sitios en donde ven que el pasto es más abundante, y no se cambian de lugar mientras quede algo de hierba por pastar. Bien. Haré lo mismo que ellos. He aquí que hoy es el primer día que llevo mi rebaño al pastizal de la contrición, y no pretendo cambiarme de lugar. Veo que áun hay suficiente pasto, de gran provecho para cada uno. La espesura de la vegetación y lo frondoso de los árboles, techo y descanso para el rebaño al mediodía, no le ofrece una sombra tan agradable y beneficiosa, y no le da un descanso tan dulce, como el vigor y el sosiego que la lectura de las Divinas Escrituras le ofrece al alma llena de tristeza. La lectura de las Divinas Escrituras aleja de nuestra alma la fuerza del dolor, y nos consuela más dulce y agradablemente que la sombra. Nos da alivio no solamente cuando perdemos algo material, o cuando nuestros hijos se van, o cuando enfrentamos cualquier otra situación semejante, sino también después de que hemos pecado. Cuando un hombre cae, derribado por el poder del pecado; cuando siente que su conciencia le reprende, recordando sin cesar la falta cometida; cuando la tristeza le ahoga; cuando arde día tras día y no encuentra consuelo; y cuando entra en la iglesia, sin darse cuenta empieza a llenarse de una serenidad profunda, volviendo a casa lleno de paz, habiendo escuchado cómo muchos santos cayeron y se levantaron, para llegar a una dignidad aún más alta que la de antes. Muchas veces nos avergüenza hablarles a los demás de nuestros pecados; pero, aunque se los contáramos, su consuelo no nos sería de gran utilidad. Por el contrario, cuando es Dios quien nos consuela y nos toca el corazón, toda la tristeza que el demonio trajo a nuestras vidas es echada afuera. Por eso fue que se nos legó el testimonio de las caídas de los justos, para que fueran de provecho tanto para los virtuosos como para los pecadores. El pecador no pierde su esperanza y no se desanima cuando ve que otro también cayó, aún tratándose de uno lleno de virtud. Así, temiéndose de esto, aprenderá a luchar y a evitar caer nuevamnete. Con esto, uno practica la virtud, mientras el otro se libra de la desesperanza. Uno permanece de pie y el otro se levanta después de haber caído. Cuando alguien nos consuela, pareciera que por un momento nos sentimos mejor. Sin embargo, cuando es Dios quien nos consuela, por medio del ejemplo de otros que, habiendo pecado, alcanzaron la salvación con su arrpentimiento, entendemos Su bondad y dejamos de dudar de nuestra salvación, porque el consuelo recibido es interior y verdadero. Tanto en el caso de los pecados, como en los momentos de angustia, los antiguos relatos de las Escrituras ofrecen un buen remedio para los tristes, para todos aquellos que quieran aprender de ellas.

(Traducido de: Sfântul Ioan Gură de Aur, Omilii despre pocăință, EDITURA INSTITUTULUI BIBLIC ȘI DE MISIUNE AL BISERICII ORTODOXE ROMÂNE, p. 26)