Sobre el guía espiritual

 

Todo mentor espiritual debe ser siervo sólo del Esposo Celestial, debe conducir las almas hacia Él, no hacia sí mismo; debe anunciarles la infinita e indescriptible belleza de Cristo, Su inefable bondad y poder. Las almas deben amar a Cristo, Quien es sin duda digno de amor. 

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Nuestro corazón debe ser sólo para el Señor y en el Señor, y en nuestro prójimo. Sin cumplir con esta condición, es inevitable quedarnos en lo meramente humano. “No se hagan siervos de los hombres” (I Cor. 7, 23), dijo el apóstol.

Siempre me han conmovido hasta lo más profundo del alma las palabras que San Juan el Predecesor pronunció en relación al Señor y a sí mismo, y que han perdurado para nosotros en el Evangelio según San Juan: Es el novio quien tiene a la novia; el amigo del novio está a su lado y hace lo que él le dice y se alegra con sólo oír la voz del novio. Por eso me alegro sin reservas. Es necesario que él crezca y que yo disminuya.” (Juan 3, 29-30).

Todo mentor espiritual debe ser siervo sólo del Esposo Celestial, debe conducir las almas hacia Él, no hacia sí mismo; debe anunciarles la infinita e indescriptible belleza de Cristo, Su inefable bondad y poder. Las almas deben amar a Cristo, Quien es sin duda digno de amor. Pero el consejero espiritual, así como el gran y humilde Predecesor, debe hacerse a un lado y considerarse a sí mismo como siendo nada; debe, además, alegrarse de su propio empequeñecimiento frente a sus discípulos, señal de su crecimiento espiritual. Mientras en los discípulos siga prevaleciendo el sentimiento meramente humano, el guía espiritual parecerá grande frente a ellos, pero cuando en los discípulos aparezca el sentimiento espiritual y en ellos crezca Cristo, verán a su mentor sólo como una herramienta benefactora de Dios.

(Traducido de: Sfântul Ignatie Briancianinov, De la întristarea inimii la mângâierea lui Dumnezeu, Editura Sophia, 2012, pp. 184-185)

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