Toda una escuela sobre la mansedumbre y la humildad de corazón

 

El camino más sencillo hacia la salvación es el de los mansos y los humildes de corazón.

Padre, díganos algo sobre la mansedumbre y la humildad del Señor.

—Nuestro Señor mismo nos habla de esas dos virtudes, al decir: “Cargad con Mi yugo y aprended de Mí, que Soy afable y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11, 29). En Sus Bienaventuranzas, afirma: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, y después: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mateo 5, 5). Con estas palabras, el Señor nos dice que los humildes y los mansos de corazón heredarán tanto la tierra como el Reino de los Cielos, es decir, tanto las bondades y la felicidad en este mundo, como la felicidad eterna, porque a los mansos y a los humildes los aman todas las personas, los respetan, los obedecen y aprenden de ellos. El camino más sencillo hacia la salvación es el de los mansos y los humildes de corazón. Con la mansedumbre “nos ganamos” a los demás, en tanto que con la humildad alejamos a los demonios y llamamos a los ángeles para que vengan a socorrernos. Los que son mansos y humildes de corazón enfrentan menos tentaciones en esta vida, es decir que “encuentran descanso para sus almas”, porque con su bondad se ganan el amor de todos los demás, y con su humildad queman a los demonios y los alejan.

Dicen los Santos Padres que la mansedumbre está entre la ira y el amor. Y agregan: “Que la mansedumbre no te lleve a la cobardía, ni el amor a la indiferencia”. Luego, debemos utilizar con cuidado la mansedumbre, que siempre permanece en el medio, entre la ira y el amor. Ni tan mansos que por amor permitamos que otros blasfemen contra el Evangelio y el Nombre de Dios ante nosotros, ni tan severos e inflexibles, que nos encendamos en ira y en venganza contra nuestro semejante. Los Santos Padres dicen que la humildad es el atuendo de Cristo, porque Él tomó un cuerpo humano por nuestra salvación. Cristo asumió con Su cuerpo las pasiones naturales que no implican pecado, como el hambre, la sed, el dolor, el cansancio. Pero las otras pasiones de nuestro ser, que están relacionadas con el pecado, esas no las recibió.

(Traducido de: Arhimandritul Ilie CleopaNe vorbește Părintele Cleopa, ediția a 2-a, vol. 5, Editura Mănăstirea Sihăstria, Vânători-Neamț, 2004, pp. 56-57)