Un fragante sacrificio para Dios

 

El acto de incensar representa un testimonio de fe y sumisión ante Dios, por medio del humo fragante que se eleva al cielo como señal de nuestro sacrificio, y de que tenemos la mente y el corazón abiertos a Dios con agradecimiento y confianza.

El incienso acompaña todo acto de culto y todo oficio litúrgico u oración que se eleva en la iglesia, en la casa del fiel o en cualquier otro lugar. El acto de incensar representa un testimonio de fe y sumisión ante Dios, por medio del humo fragante que se eleva al cielo como señal de nuestro sacrificio, y de que tenemos la mente y el corazón abiertos a Dios con agradecimiento y confianza.

Al mismo tiempo, el incienso es un signo de la presencia de Dios y del Espíritu Divino, misma que se manifiesta con la paz y la alegría que nos brinda. Este doble significado del incienso —como señal del sacrificio que el hombre eleva a Dios, y como signo de la presencia de la Gracia de Dios que desciende del Cielo—, es bellamente ilustrado en la oración que pronuncia el sacerdote antes de incensar: “Te presentamos este incienso, oh Cristo, Dios nuestro, como el aroma de una buena fragancia espiritual, para que, recibiéndolo en Tu altar celestial, nos envíes la Gracia de Tu Santísimo Espíritu”.

(Traducido de: Părintele Coman Constantin, Casa creștinului, Editura Bizantină, București, 1997)