Palabras de espiritualidad

Un monje de vida excepcional nos recuerda la importancia de asumir con seriedad nuestra labor como cristianos

  • Foto: Silviu Cluci

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Que nos hagan temblar las terribles amenazas del Espíritu Santo, pronunciadas por medio del profeta Jeremías: “¡Maldito todo aquel que hace la obra del Señor con negligencia!” (Jeremías 40, 10).

Archimandrita Germán Ionescu, del Monasterio Tazlău, Neamţ, Rumanía († 1885)

El archimandrita Germán era originario, como monje, del Monasterio Neamț. Era un monje lleno de fervor, un erudito de sólida formación y un servidor entregado a la Iglesia de Cristo. Conocía la lengua eslava eclesiástica y, en parte, el griego. En el año 1857 escribió una breve historia del Monasterio Agapia, así como otras anotaciones espirituales, que se han perdido.

En el año 1867, el archimandrita Germán Ionescu fue nombrado stárets del Monasterio Tazlău (Neamț), al que encontró prácticamente en ruinas. Era poco después de la secularización. Recordando la antigua fama de este monasterio, a los santos ascetas Ciriaco, Onufrio y tantos otros que habían llevado aquí vida ascética en el siglo XVII, el stárets Germán procuró, en la medida de sus posibilidades, reavivar la vida espiritual en este célebre centro monástico de la Moldova rumana.

En primer lugar, reunió a su alrededor a algunos monjes, pues no tenía con quién celebrar los oficios litúrgicos. Después, transcribió de su puño y letra el libro de los fundadores, tal como todavía puede verse hoy, y restableció el orden litúrgico de los oficios en rumano. Asimismo, hizo fundir una gran campana y proveyó la iglesia de libros, ornamentos litúrgicos, lámparas votivas y todo cuanto era necesario. En el año 1867, el Monasterio Tazlău contaba con diez monjes que mantenían la continuidad de los oficios diarios: Vísperas, Maitines, la Divina Liturgia y los responsos por los fundadores del monasterio.

En el año 1881, el archimandrita Germán fue instalado como padre espiritual en el Monasterio Agapia. En su testamento, entre otras cosas, dejó a sus discípulos estas hermosas palabras de enseñanza:

«Nosotros, hermanos, que por propia voluntad hemos aceptado ser intercesores del pueblo ante Dios, no debemos desanimarnos en el cumplimiento santo de nuestro deber monástico, sino fijar constantemente, con firmeza, la mirada de nuestro espíritu en Dios, único centro de estabilidad y de verdad, a cuyo servicio nos hemos consagrado íntimamente.

Que nos guarden de la pereza y de la negligencia las terribles palabras de San Juan Crisóstomo, quien, hablando de los deberes de los sacerdotes, dice: “Yo creo ue, de entre los que han recibido la ordenación, pocos se salvarán”. Del mismo modo, que nos hagan temblar las terribles amenazas del Espíritu Santo, pronunciadas por medio del profeta Jeremías: “¡Maldito todo aquel que hace la obra del Señor con negligencia!” (Jeremías 40, 10).

En esta maldición pueden caer con mayor facilidad los sacerdotes que, por descuido o incluso por orgullo, creyéndose suficientemente sabios, se atreven a introducir reformas en el orden establecido de los oficios litúrgicos. E incluso llegan a omitir algunas cosas, especialmente las conmemoraciones por los que han partido de esta vida, que están establecidas por los cánones y prescritas en el Tipikon de la Iglesia.

En cuanto a las conmemoraciones de los difuntos, tengo una viva esperanza en la conciencia de ustedes, hermanos, que, si no van a hacerlas mejor, al menos no las reduzcan, sabiendo que también se ofrece a Dios un sacrificio con este propósito todos los días.

Concluyendo, pues, con las mismas palabras de nuestro Señor Jesucristo: “Así pues, todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlo también vosotros con ellos” (Mateo 7, 12), me encomiendo a su amor en Cristo, su hermano,

Germán Ionescu, Archimandrita».

En el Monasterio Agapia, el archimandrita Germán publicó en el año 1880 un “ordenamiento” de los monasterios de la región de Neamț, así como otras palabras provechosas para el alma. Y en el año 1885 se retiró al monasterio donde había recibido su hábito monástico y entregó en paz su alma en las manos del Señor.

(Traducido de: Arhimandritul Ioanichie Bălan, Patericul românesc, Editura Mănăstirea Sihăstria, pp. 453-454)


 

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