El amoroso deber de dar a los demás

 

Cuando alguien te tiende la mano para pedirte, realmente no te está pidiendo nada, sino que te está ofreciendo el Reino de los Cielos… pero tú no te das cuenta de ello.

Pedro “el publicano”, un hombre muy rico, quien tenía más de tres mil sirvientes —¡cuán opulento debía ser este hombre, si cada día tenía que alimentar a tres mil individuos!—. era conocido también por su tacañería. De hecho, era considerado el más avaro de la región. Cada día, los mendigos se reunían en las afueras de aquella ciudad, para repartirse lo que habían recibido durante la jornada. Congregados así, cada uno iba diciendo:

—¡Esto lo recibí de tal persona! (Y decía el nombre)

Y todos los demás exclamaban:

—¡Que Dios lo recuerde en Su Reino!

En un momento dado, alguno se lamentaba:

—¡Hoy tampoco recibimos nada de Pedro “el publicano”!

—¡Que Dios no lo recuerde en Su Reino!

Los mendigos, como he dicho en otras ocasiones, son personajes bíblicos, no desaparecen jamás. En lo que respecta a los indigentes, Dios Mismo nos dice: “¡Den! ¡Den! ¡Den!”.  Ciertamente, Dios pone a los mendigos entre la gente que puede ayudarlos, para que ellos, a su vez, ayuden a los demás a salvarse. Dicho de otra manera, cuando alguien te tiende la mano para pedirte, realmente no te está pidiendo nada, sino que te está ofreciendo el Reino de los Cielos… pero tú no te das cuenta de ello. ¡Y, como retribución, le das lo menos que puedas! ¡Qué vergüenza! ¡Acostúmbráte, hijo, a dar mucho más que esas nimiedades!

Un día, uno de aquellos mendigos, asustado porque los demás decían de Pedro: “¡Que Dios no lo recuerde en Su Reino!”, se llenó de valor y gritó:

—¡Ahora mismo iré a casa de Pedro “el publicano” y le pediré!

—¿Qué estás diciendo? ¡Te va a matar!

Y así lo hizo. Al llegar a la hacienda del avaro Pedro, lo encontró llevando una mula cargada con varios sacos llenos de pan, para alimentar a los campesinos que trabajaban para él. Entonces, el mendigo empezó a clamar:

—¡Por favor, señor, deme un poco de pan a mí también, que me muero de hambre!

Al escuchar estas palabras, lo primero que pensó Pedro fue azotar al insolente pordiosero, pero no podía soltar las riendas de la mula. Después de meditarlo un poco, y todavía enfadado, le arrojó un pan como si fuera una piedra. El mendigo tomó el trozo de pan en sus manos… ¡un pan tan valioso como cualquier otro pedazo de pan! Y se fue. Al llegar donde estaban los demás indigentes reunidos, les anunció con júbilo:

—¡Miren este pan! ¡Me lo dio Pedro “el publicano”!

—¡Que Dios lo recuerde en Su Reino!

Bien. Esa noche, el avaro Pedro tuvo un sueño —solo nuestro Buen Dios sabe cómo y por qué—, un sueño realmente revelador. Se hallaba ante el trono del Juicio de Dios. Allí, los demonios ponían en una balanza todos y cada uno de los malos actos de su vida. Como era de suponerse, esas malas acciones inclinaron inmediatamente la balanza hacia un lado. Pero, como posteriormente habría de relatar Pedro, en ese instante apareció su ángel guardián, llevando en sus brazos el pan que ese mismo día le había dado al mendigo, y lo puso en la otra parte de la balanza. Esta se inclinó completamente, superando a la de las maldades. ¡Solo entonces Pedro comprendió lo importante que es la caridad!

El criterio con el cual seremos juzgados será el amor: toda la Escritura nos habla de esto. Así, al despertarse, Pedro decidió cambiar completamente. Salió de su casa y le entregó un costoso abrigo de piel al primer mendigo que encontró. Este lo recibió con alegría y gratitud, pero después se dio cuenta de que ese abrigo no le serviría para mitigar su hambre, Además, nadie le daría ninguna limosna, viéndolo ataviado con semejante prenda. Entonces, decidió vender el abrigo. El problema es que nadie se lo quería comprar, pensando que era robado. Acongojado, el mendigo se sentó a un lado del camino. De repente, escuchó que alguien le preguntaba:

—¿De dónde sacaste ese abrigo?

—¡Me lo dio Pedro “el publicano”!

—¡Vaya una buena noticia! Eso quiere decir que se ha vuelto un hombre caritativo.

Y le compró el abrigo.

Más tarde, cuando el mendigo pasó frente a la casa de Pedro, este lo vio cubierto con los mismos harapos de antes. Confundido, el acaudalado hombre le dijo:

—¡Ah… veo que no te gustó el abrigo que te regalé!

Pedro no sabía nada de lo sucedido ni por qué el mendigo tuvo que vender aquel lujoso atuendo. Pero, esa misma noche, tuvo otro sueño. Frente a él se hallaba nuestro Señor Jesucristo, vestido con el abrigo en cuestión. Sonriendo, nuestro Señor le dijo: “¡Pedro, yo recibo todo lo que das! ¡Mira, aquí tengo tu abrigo!”.

Al despertarse, Pedro vendió todo lo que tenía y repartió el dinero entre sus sirvientes. Después, le pidió a uno de ellos que lo vendiera como esclavo. ¡A ese grado llegó su renuncia de sí mismo, con tal de imitar a nuestro Señor!

(Traducido de: Ne vorbește Părintele Arsenie, ediția a II-a, volumul III, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, pp. 130-132)