El ayuno y la colaboración entre Dios y el hombre para asegurarnos la existencia biológica y espiritual

 

Lo importante, al ayunar, es renunciar a algo que nos gusta y evitar saciarnos, para que quede lugar para Cristo. ¿Cómo? ¡Orando!  

El hombre es creador. Dios le concedió el don de ser creador, porque, cuando come, no pasta, sino que hace “arte culinario”. Una de las destrezas del hombre consiste en hacer de sus alimentos algo hermoso a la vista y agradable al gusto. También todos esos preparados de soya son atractivos y deliciosos, pero no son más que un engaño, ¿no? Son sugestivos y gustosos, pero artificiales. Luego, son engañosos, no son algo real. Si lees lo que dice la etiqueta, verás cómo aparece un listado de ingredientes “idénticos al sabor natural”, como el pecado, que parece normal, natural...

Lo importante, al ayunar, es renunciar a algo que nos gusta y evitar saciarnos, para que quede lugar para Cristo. ¿Cómo? ¡Orando! Ayunamos de ciertos alimentos, para descubrir dos cosas: que tenemos hambre, que cualquier cosa que comamos nos dejará una sensación de vacío en el vientre, que estamos hambrientos. Estamos hambrientos de Dios y tenemos que consumir a Dios.

La segunda cosa que tenemos que descurbrir es que no hay vida per se en nosotros, que sin comida nos morimos, que la vida tiene que ser alimentada desde afuera, que solos no nos podemos asegurar la existencia. Ni la estrictamente biológica, mucho menos la espiritual. Luego, con el ayuno, la Iglesia nos enseña que la vida biológica se mantiene con las bondades terrenales consumidas con discernimiento y equilibrio, y que la vida eterna, “el Reino celestial del Señor” se recibe cual don desde la Palabra de Dios. Él, el Dios-Verbo, nos enseña a vivir ambas dimensiones, y que no debemos descuidar ninguna de las dos. No podemos vivir solamente de pan, ni solamente de Su palabra. El Mismo Dios nos lo enseñó con claridad. No transformó piedras en panes, ¿no? Pero sí que multiplicó panes. ¿Por qué? Porque el hombre es coautor con Él. El hombre puso esos cinco panecillos y el Señor dio de comer con ellos a cinco mil personas…

¡Pero con imitaciones o artificios ni siquiera Dios podría saciarnos!

(Traducido de: Monahia Siluana VladDeschide Cerul cu lucrul mărunt, Editura Doxologia, Iași, 2013, pp. 49-50)