El erudito y la mujer sencilla
Era todavía temprano y en la iglesia no había más que una mujer que barría, murmurando algo acerca del conflicto que desde hacía un tiempo había surgido entre el párroco y otro sacerdote más joven...
Un amigo erudito y cristiano devoto me confió un episodio de su vida.
Un día leyó algo de la Filocalía, y su mente se detuvo en un pasaje muy profundo acerca del orgullo, admirado por la sabiduría de aquellas palabras. En ese estado, pasó por la iglesia, pensando para sí qué buena obra hacía al leer la Filocalía, y que no eran tantos los cristianos que hacían eso.
Era todavía temprano y en la iglesia no había más que una mujer que barría, murmurando algo acerca del conflicto que desde hacía un tiempo había surgido entre el párroco y otro sacerdote más joven.
—Eso es porque el padre tal no tiene humildad, porque el orgullo es así y así… —dijo la mujer, pronunciando exactamente las palabras sobre el orgullo que este amigo mío había leído en la Filocalía.
—Escucha —la llamó por su nombre—, ¿de dónde sabes esas palabras?, ¿las has leído en alguna parte?
—¿Pero qué dije yo? —preguntó la mujer—. Yo no he dicho nada.
—Sobre el orgullo. Anda, repite lo que dijiste antes.
—Ah, sí…
Y la mujer repitió el pensamiento, desarrollándolo esta vez de tal modo que incluso lo explicó.
—¿Has leído eso en algún sitio?
—¿Leer?… ¿Acaso tengo yo tiempo para leer? ¿Y qué cosa tan grande he dicho? Yo no he dicho nada —respondió la mujer, y siguió con su escoba.
(Traducido de: Ieromonahul Savatie Baştovoi, Dragostea care ne sminteşte, Editura Marineasa, Timişoara, 2003, p. 25)
