Rechacemos el pecado y no a quien lo comete

 

Debemos despreciar los pecados y las faltas de nuestros semejantes, pero no a ellos mismos, instigados por el maligno, nuestras debilidades o nuestras malas inclinaciones.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El demonio actúa de forma tal que, para que no nos alcemos en contra suya, incita nuestra mente a preocuparse de los pecados de nuestros semejantes, para corrompernos y para que empecemos a despreciarlos y a considerarlos nuestros enemigos, alejándonos, así, no sólo de nuestro prójimo, sino también de Dios.

Por eso es que debemos despreciar los pecados y las faltas de nuestros semejantes, pero no a ellos mismos, instigados por el maligno, nuestras debilidades o nuestras malas inclinaciones.

A nuestro semejante debemos compadecerlo con generosidad y con amor, intentando abrirle los ojos como si se tratara de un enfermo, un desmemoriado, o un exánime prisionero del pecado.

Y es que la maldad o el desprecio hacia nuestro semejante que ha caído en alguna falta no hacen sino agravar su enfermedad, su olvido, o su cautiverio espiritual, en vez de auxiliarlo. Al mismo tiempo, esa maldad y ese desprecio nos vuelven a nosotros unos obsesos, enfermos y prisioneros de nuestras propias pasiones y del demonio, verdadero culpable de ellas.

(Traducido de: Sfântul Ioan de Kronstadt, Viața mea în Hristos, Editura Sophia, 2005, p. 152)