Aunque se termine el período de ayuno...
Hablemos con el Señor, que está en nosotros; y, mediante este diálogo con Él, conservemos en nosotros el temor del Señor y el celo por agradar a Dios.
“Ante todo, cuida tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida” (Proverbios 4, 23).
El cristiano que ha ayunado, se ha confesado y ha recibido la Santa Eucaristía, renueva en sí las fuentes de la Gracia que fueron abiertas en él mediante el Santo Bautismo, pero que después fueron tantas veces enturbiadas por la indiferencia y las caídas, y tantas veces purificadas mediante el arrepentimiento. Ahora, vuelven a quedar limpias después de las últimas caídas.
Conservémoslas, pues, al menos de ahora en adelante, para no volver a obstruirlas por la falta de atención, la dispersión y la indiferencia hacia aquellas obras mediante las cuales se conserva la pureza y el recto fluir de sus aguas. Prolonguemos el ayuno, no demos rienda suelta a los sentidos, no dejemos de orar con fervor y lágrimas, no olvidemos las obras del amor, busquemos obedecer la Palabra de Dios y, por encima de todo, hablemos con el Señor, que está en nosotros; y, mediante este diálogo con Él, conservemos en nosotros el temor del Señor y el celo por agradar a Dios, pues en ellos se encuentran las fuentes de nuestra vida espiritual.
(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Tâlcuiri din Sfânta Scriptură pentru fiecare zi din an, traducere de Adrian și Xenia Tănăsescu-Vlas, Editura Sophia, 2011, p. 20)
